Dormís con el abrazo y divisas por la cercanía como se deforma todo el relieve mezclándose entre los pelos de la nuca que forman un hábitat de lunares y piel. Observas todo ese microcosmos mientras sujetas la panza para sentir el movimiento musical de todo ese organismo vivo entre polirritmia y compases de amalgama.
Entre todo el silencio y la penumbra solamente queda el tacto y, si no te dormís, podés ser consciente de cómo se genera un acto dramático de movimientos y roces de arco reflejo donde todo termina en otra postura tan linda como la anterior. Te quedas en otro meridiano del cuerpo ajeno como una masa leudando entre piernas y boxers y panzas y pechos y cara a cara. Sigue toda esa mejunjes de frente dialogando entre dióxidos de carbono. No huele de la misma forma ese exhalo. Se disfruta como otro perfume más, como un sahumerio de olor corporal.
Después vuelve a la espalda y te reclama el brazo para seguir sintiendo el tacto. Como dando a entender en el silencio y la penumbra que la noche es larga y mañana es un día largo.