Fue con la misma cara de todos los jueves. De esas caras que sabe exactamente lo que necesita, pero finge que se le puede ocurrir algo distinto en la góndola de panes. Como cuando vas y elegís el mismo dulce, el mismo queso, las mismas papas, las mismas berenjenas que vas a hacer milanesa para guardar en el congelador.
Ameba, que se había acomodado entre las sábanas tibias del monoambiente, ni se molestó en verla salir. Le había dejado la ventana apenas abierta para que espiara los pájaros del pasillo. A Lía le gustaba pensar que Ameba no dormía del todo, que se quedaba esperándola sin admitirlo.
En la fila para pagar, mientras jugaba con el borde del ticket de la persona de adelante, Lía encontró una libreta. Era de esas pequeñas, con espiral plateado y tapas blandas. No tenía nombre, ni dirección, ni teléfono. Solo una página escrita con marcador negro:
un cuarto de criollos
té de frutilla
uvas negras
mermelada de higos
algo para después del abrazo
Se le escapó una sonrisa.
Algo para después del abrazo. Le pareció una de las frases más sinceras que había leído en días. No supo si era una metáfora o una marca nueva de chocolate. Le resultó tan íntimo, tan absurdo y necesario.
Compró todo lo de la lista. Excepto las uvas. En su lugar eligió algo más Lía. Como queriendo mantener el color del momento. Bastó con un Estancia Mendoza para imaginar que también eran uvas. Perfecto.
En casa, puso todo sobre la mesa y se quedó mirando el último ítem como si fuera tetris. ¿Algo dulce?, ¿hay algo para curar el cuerpo después de un largo abrazo?, ¿un pucho?. Mientras pensaba, Ameba se subió a la mesa y se acostó sobre la libreta. Era su forma de apropiarse del misterio. Lía interpretó esto como una señal.
Se preparó un mate y escribió en otra hoja:
Trincha de pan
Estancia Mendoza
Dulce de higo
Medio de muzza
Algo para después del abrazo
Arrancó la hoja, la dobló en cuatro y volvió al supermercado. La dejó metida entre los paquetes de arroz integral. Por si alguien necesitaba algo después de un abrazo.