Resaca

Me acuerdo que la primera vez te hiciste un bollo todo aplastado y te pegaste en la pared del baño mientras te bañabas. Alguna vez te diste cuenta que me gustaba y empezaste a hacerlo seguido en mi departamento. Me gustaba contemplarlo todo largo y desarmado. Estirado en tu espalda desnuda y granizada.

Se asoma a mi mente el momento de vernos enfrentados en una especie de habitación estenopeica con toda esa potestad arriba mío tapando la luz del velador o del atardecer de la ventana con toda tu semejanza capilar. A veces hacía calor y me gustaba más. Los días de verano fueron muy agraciados.

Tengo una foto tuya tapándote la cara mientras tocás el piano prestado en mi departamento. Siempre que podía te sacaba una foto y creo que nunca las volví a ver. Como quien elige leer un libro, digo. No volví a buscarlas para querer verlas. Pero están ahí.

Esta mañana me desperté tarde. En el momento de rezongar para seguir durmiendo apareciste ahí de nuevo. Como si estuvieras tejida en la colcha.

La luz es tenue en mi departamento y la cortina eclipsa el poco sol que me deja recibir el edificio. Pero te miro. Te miro como un perito para confirmar que sos vos, toda fina, larga, amarilla y fuera de tu cuerpo.

Y sí.

Definitivamente ahí estás.

¿Cuándo vas a irte, amor?

Generalmente aparecés en la cama. Otras veces en el escritorio o en algún lugar de mis ropas. Suelo tirarte al suelo en un ritual muy sutil. Porque no quiero soltarte. Es obvio. Cada vez que te encuentro te miro lento entre mi palma y los dedos de la mano. Me quedo pensando en qué momento te perdiste y quedaste ahí fundida en mi colcha para que, como una ola que ya se fué de la orilla, aparezcas de nuevo eventualmente.

Te vuelvo a tirar al suelo.

Miro cómo caés lento y me imagino el ruido de una pluma chocando contra el piso con violencia. Por más que seas apenas un hilo fino, largo y amarillo, no me animo a romperte o cortarte. Pienso que aparecés así, toda intrusa en mi cama con la sensación de tenerte presente y me dirijo a tu persona siempre que te encuentro.

Esta mañana me molesté un poco.

—¿Otra vez acá?

Te lo dije susurrando pero no te tiré al suelo. Te puse arriba de una de las almohadas donde solés aparecer.

Anoche soñé intenso.

Un personaje me miraba desde el asiento del acompañante de un auto porque parecía que ya se iba. Me acerqué para besarle el pómulo pero sentí los labios. Es la primera vez que siento otros labios después de vos. En un sueño.

Cuando me desperté estabas al lado otra vez. Irrumpiendo mi intimidad. Me gusta que estés ahí a veces, sin que me dé cuenta. 

Pero por favor, amor: ya es momento de irte.